Práctica Lectura Crítica #6 · Oficial
Práctica tipo ICFES Saber 11 de Lectura Crítica
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Este examen tiene 18 preguntas: Fácil 7 · Media 11, repartidas en Lectura Crítica.
Lectura Crítica
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Continuidad de los parques
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
Julio Cortázar. Final del juego, 1995, Anaya
Del narrador del cuento podemos decir que es:
el amante de la mujer porque relata en primera persona.
el lector de la novela porque cuenta lo sucedido en tercera persona.
Omnisciente en primera persona.
Omnisciente en tercera persona porque controla el texto de la narración.
Para que algo exista en la conciencia colectiva hay que poder nombrarlo. Poner nombre a lo que ocurre y no se ve o no se quiere ver es lo que ha hecho la filósofa Adela Cortina con una realidad que está ahí pero que preferimos ignorar; el miedo, la aversión y el rechazo a los pobres. Lo ha denominado “aporofobia”, un fenómeno que está en el origen de las corrientes xenofóbicas y racistas que se extienden por el acomodado mundo occidental. Cortina acuñó este concepto a partir de los términos griegos “aporos” (sin recursos) y “fobos” (temor, pánico), y lo ha utilizado en trabajos académicos, hasta imponerlo, pese a las reticencias de los editores, como título de su último libro: Aporofobia, el rechazo del pobre.
El esfuerzo ha tenido recompensa. Hace unas semanas el neologismo fue incorporado al Diccionario de la lengua española y la Fundación del Español Urgente lo ha declarado la palabra del año 2017. En la palabra “aporofobia” dicha Fundación ha encontrado un término muy significativo, y una rara excepción lingüística: “una voz con autor conocido y fecha de nacimiento”.
La aporofobia, como señala Cortina, es lo que alimenta el rechazo a inmigrantes y refugiados. No se les rechaza por extranjeros, sino por pobres. Nadie pone reparos a que un jeque árabe se instale en un país europeo, ni a facilitar la residencia a un futbolista famoso. Los yates atracan sin problemas en la costa rica del Mediterráneo mientras las embarcaciones pequeñas se hunden tratando de alcanzarlas. A Trump no se le ha ocurrido poner un muro en el norte, en la frontera con Canadá, sino en el sur, en la frontera con México.
El odio al pobre se expresa también con los excluidos del propio país. Según el Observatorio Hatento, una iniciativa para denunciar agresiones a las personas sin techo, el 47 % de quienes viven en la calle han sido víctimas de delitos de odio. Por su situación de exclusión, son también los más indefensos. La recesión económica ha exacerbado el miedo a la pobreza porque nos ha hecho ver que todos somos vulnerables...
Tomado y adaptado de: Pérez, M. (2018). Aporofobia, el miedo al pobre que anula la empatía. El País. Recuperado de elpais.com
Considere el siguiente fragmento:
La recesión económica ha exacerbado el miedo a la pobreza porque nos ha hecho ver que todos somos vulnerables...
¿Qué se puede concluir de la idea expresada en la frase anterior?
Que cualquier persona puede quedarse de repente sin trabajo y sin medios de subsistencia.
Que no existe ninguna relación entre el contexto de una crisis económica y el creciente temor a la pobreza.
Que el trabajo y el esfuerzo serán siempre recompensados y que, por tanto, el que es pobre es pobre porque quiere.
Que las crisis económicas son una buena oportunidad para construir una sociedad más justa.
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